Es simple. Sin contexto social sencillamente no puede existir proceso de comunicación. El contexto social como tal, puede considerarse el campo de interacción necesario para que los individuos que componen la vida social puedan llevar a cabo sus objetivos y propósitos.
A pesar de lo anterior, es imposible negar que la posibilidad de comunicarnos está, en definitiva, determinada por el tipo de poder que tenemos. De la mano de cualquiera de los poderes que poseamos van los medios de comunicación, que permiten un cierto grado de fijación y de almacenamiento de información, pero que a la vez, como dice Thompson, pueden tener un impacto en la forma en que los individuos experimentan las dimensiones espaciales y temporales de la vida social.
Habiendo dicho esto, aparece el concepto de opinión pública. La existencia de la opinión pública requiere de la presencia de opiniones individuales que son producto del razonamiento y la autonomía de juicio de los individuos de una sociedad. Todo esto, no solo para formarnos ideas de los problemas que nos acechan, sino también para cumplir con nuestro oficio principal de comunicadores: comunicar.
La opinión pública es la evidencia más clara y contundente de que sin contexto social, y sin individuos que lo compongan, no hay comunicación. A pesar de que es un elemento clave en esta relación, hay que tener algo claro, y es que por más generalizada que esté una opinión, no debemos elegir una u otra opción por miedo a estar del otro lado. No podemos entrar en una espiral del silencio para ser uno más de la masa.
Comunicar no es simplemente transmitir información. De alguna forma u otras debemos buscar la manera de ser comunicadores integrales, de aplicar un poco de todo en nuestra labor. Podemos ser los artistas, pero también los investigadores para ser capaces de criticarnos y de analizarnos a nosotros mismos. Debemos ser humanistas, pero también racionalistas. Debemos ser educadores, pero también educarnos para poder disolver barreras sociales y simbólicas a fin de convertirnos en mediadores y no quedarnos siendo intermediaros por el resto de nuestras vidas.
Un ejemplo claro en la sociedad colombiana en la que se ve reflejado el espiral del silencio es el fenómeno de la telenovela “El man es Germán, puesto que personas de todas las edades han adoptado el lenguaje, las muletillas y hasta la vestimenta de los personajes, que aunque son ficticios, han sabido atraer la atención de públicos de todos los estratos sociales. El programa televisivo apela a las emociones, haciendo que las personas pasen un buen rato y hasta se identifiquen con los conflictos que viven día a día los personajes.